Interludio Musical i
Entre dos orillas
Permíteme interrumpir el libro un momento. No por mucho. Solo lo necesario para decirte algo que no cabe en las secciones que vienen, porque aquellas tendrán que ser precisas, y lo que quiero decirte ahora no tolera demasiada precisión. Quiero decirte que sé lo que es esto. Lo que es estar en medio de un libro que promete ciencia rigurosa y a la vez experiencia contemplativa, y preguntarse, discretamente, si no habrás caído en una de esas obras donde las dos cosas se contaminan mutuamente y terminan ambas debilitadas. Esa sospecha es sana. Quédate con ella. No la dejes ir demasiado pronto.
Lo que puedo prometerte — y es, en realidad, lo único que puedo prometerte — es que no voy a pedirte que abandones esa sospecha en ningún momento de estas páginas. La sospecha es tu Meta-Observador trabajando antes de que yo te lo presente formalmente. Es la parte de ti que protege al resto. Está bien que esté alerta. Lo que sí te voy a pedir es otra cosa. Te voy a pedir que, mientras sospechas, sigas leyendo. Porque hay cosas que solo se revelan a quien las lee con rigor y con apertura al mismo tiempo. No una después de la otra. Simultáneamente. Y eso, al principio, es una postura incómoda.
Cuando yo empecé a pensar este libro — muchos años antes de que una sola línea fuera escrita — me pasaba algo curioso. Leía un tratado de física cuántica y una parte de mí se iluminaba. Leía un libro de un maestro zen y otra parte de mí se iluminaba. Pero eran iluminaciones de distinto color, encendidas en distintos rincones de la mente, y rara vez se hablaban entre sí. Viví durante mucho tiempo con esa dualidad. Funcionaba. Uno aprende a tener dos gabinetes interiores y a moverse entre ellos según el día. Pero hay un precio. El precio es que nunca terminas de creerte ninguno de los dos del todo. Porque si ambos fueran verdad, tendrían que poder coexistir. Y como no coexistían — como cada uno vivía en su propio cuarto, con su propio vocabulario, con sus propios nombres para lo mismo — había una parte interior que sospechaba que ninguno era completamente verdad.
Este libro nació el día en que entendí que los dos gabinetes estaban en la misma casa. No que dijeran lo mismo. No que uno validara al otro. Que estaban bajo el mismo techo, y que el techo era yo. Una vez vi eso, ya no pude escribir de otra manera.
Te cuento esto porque en los próximos bloques voy a hacer algo que puede resultarte extraño. Voy a pedirte, en un mismo capítulo, que sostengas dos lenguajes a la vez. Voy a citarte estudios de neurociencia con sus nombres y sus años y sus revistas, y voy a citarte a Nisargadatta o a Meister Eckhart con la misma seriedad con la que cité a los neurocientíficos. Y voy a pedirte que no decidas prematuramente cuál de los dos lenguajes es el verdadero. No porque sean equivalentes. No lo son, y te lo voy a decir cada vez que haga falta. Es que son lenguajes distintos para la misma experiencia, y descartar uno empobrece al otro.
La metáfora del río y las dos orillas, que ya leíste en el Umbral, va a volver muchas veces en este libro. A veces con esas palabras exactas. A veces disfrazada de otras imágenes — interferómetros que miden diferencias de fase, telares que entrelazan urdimbre y trama, pianos que producen tres músicas con las mismas teclas. Todas esas imágenes dicen lo mismo: hay un modo de leer que no es ni del todo mente ni del todo cuerpo, ni del todo análisis ni del todo contemplación. Es el modo del puente. Tú ya estás en ese puente. Empezaste a estarlo cuando abriste este libro.
Ahora, si estás listo, vamos a empezar a nombrar lo que ahí ocurre. Pero con una advertencia antes, porque es importante: nombrar algo no es poseerlo. Nombrar el Meta-Observador no es convertirte en maestro del Meta-Observador. Nombrar el Interferómetro no es haber calibrado ya el tuyo. Nombrar al Tejedor no es tejer. Los nombres son andamios. Sirven para construir la casa. Después se retiran. Si este libro funciona, al final no te quedarás con los nombres. Te quedarás con la casa.
Respira una vez más antes de entrar. La siguiente página es el primer concepto del libro.